Vergonzosos sociales. Terminar con el miedo permanente a la exposición (Parte 1)

verguenza

Sentirse desprotegido ante la mirada de los demás, sufrir la inseguridad y el miedo a realizar un mal papel en público conduce a la evasión, a la apatía y al bloqueo de un sinfín de posibilidades para sentirse y estar mejor.

A la imposibilidad de hablar, exponerse frente a otros y mostrarse tal como uno es, se lo conoce como “miedo escénico” (que, con frecuencia, se transforma en un evidente pánico) y es una de las mayores trabas para el desarrollo de muchos hombres y mujeres, en todo el mundo.

El miedo escénico es una sensación inhibitoria que impide el progreso y crecimiento de la persona en su faceta social, laboral y/o amorosa.

Es una autolimitación de la expresividad que se impone por miedo al ridículo, a los errores o a las críticas. Indica que el sujeto sufre (sí, sufre) una interiorización excesiva de las normas sociales: éstas ya no sirven como normas de convivencia, sino como estructuras agobiantes que encierran al individuo en rutinas y pasos prefijados, sin posibilidad de transformaciones.

El triple origen de este problema

-         Una crianza demasiado severa: si los padres reprimieron la espontaneidad y las clásicas equivocaciones infantiles, la persona no tiene experiencias de errores o sucesos imprevistos. En consecuencia, vivirá ejerciendo un extraordinario control de sus impulsos.

-         Complejos de inferioridad: no es casual que quienes tienen problemas para interactuar en público sean un tanto desconfiados, algo obsesivos o un poco egocéntricos en sus vínculos íntimos. Su conducta podría estar sustentada en una sensación de “ser menos” o de tener fallas que otros no deberían descubrir.

-         Sucesos traumáticos de la adolescencia: etapa de mucha inseguridad y la competencia. Si alguien midió sus fuerzas o su talento con otro y perdió, este fracaso en público puede haber dejado secçuelas, por eso, no desear volver a sentirse a prueba.

Rutinas constructivas: un estímulo para desinhibirse

-         Uno de los factores que promueven y fortalecen el miedo a la exposición es la existencia de las llamadas “rutinas destructivas”; son esquemas preestablecidos que, de tan rígidos, no pueden abandonarse sin sentir inseguridad, afectar la creatividad y perjudicar las relaciones interpersonales.

-         Son el contrario de las rutinas constructivas: las que permiten abreviar el tiempo utilizado para las tareas cotidianas y, al despejar la atención de esas cuestiones de todos los días, permiten focalizar la energía en metas más importantes y satisfactorias.

-         Las rutinas destructivas restan espacio para el desarrollo personal, provocan agobio y dejan de ser parte de la libre elección de la persona para actuar en sociedad: simplemente, son estructuras inamovibles que toman el lugar de leyes de conducta, sin las que no se podría actuar con corrección y tranquilidad.

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